Siempre que se valora una nueva tecnología se hace comparándola con lo que pretende sustituir. Es lógico si queremos conocer los pros y los contras de lo que llega. Sin embargo, con las renovables se da la paradoja de que siendo más antiguas que las tecnologías basadas en la combustión de gas, petróleo y carbón, han sido desplazadas desde la revolución industrial y ahora tienen que demostrar de nuevo sus ventajas.

Desde principios del siglo XX, el criterio economicista ha sido el que más pesaba a la hora de decantarse por una u otra fuente de energía primaria para alcanzar el desarrollo económico. Hoy no debemos dejar de lado totalmente ese criterio pero ahora sabemos que debemos internalizar todos los costes (medioambientales incluidos) para poder comparar razonablemente las alternativas de las que disponemos.

Ahora que ya hemos recorrido más de una década del siglo XXI, las renovables se imponen por varias y contundentes razones. Medioambientales para empezar, de coste por kW instalado, de coste por cada kWh generado, por su carácter autóctono, y un largo etcétera de argumentos más que demostrados. A medida que alcanzan madurez -diría que una segunda juventud- vemos como las tecnologías limpias tienen todavía aún mayor proyección dado que su coste de instalación y de operación disminuye a medida que recorren su curva de aprendizaje. Incluso la Agencia Internacional de la Energía apuesta por que la mayor parte de la capacidad de generación que se instale en la próxima década sea renovable (que, por cierto, rima con razonable).

Contaminantes (no solo hablamos del Cambio Climático)

Es razonable porque no nos podemos permitir el lujo de basar nuestra economía en unos bienes escasos o en cualquier caso finitos, como son el gas y el petróleo. Estas fuentes están en manos de unos pocos que controlan su precio. Su uso genera conflictos bélicos que de otro modo no tienen justificación o que no “gozarían” de la intervención  de los países poderosos si detrás no estuviese el control de esos recursos naturales. Son contaminantes y no únicamente en lo que concierne al Cambio Climático, que sería razón única y suficiente para ponerles fecha de caducidad. También el aire que respiramos en muchas ciudades está enormemente contaminado por la generación de gases tóxicos, pero sobre todo, insisto, son finitos.

La pregunta es ¿debemos esperar a que se acaben para hacer la transición a las renovables? La respuesta parece obvia para los que apostamos por las energías limpias, pero para los que prefieren una economía basada en energía sucia o que simplemente no ven otra alternativa, debemos decirles que es incauto dormirse en los laureles. No sabemos cuánto petróleo nos queda, donde está y sobre todo, quién podrá pagarlo en el futuro cercano. Esta reflexión vale para el conjunto del planeta pero si reducimos el foco a nuestro país la pregunta debe modificarse para preguntarnos ¿cuándo dejaremos de ir contra las renovables?

Se hace camino al andar

¿Debemos cambiar mañana mismo? Lamentablemente es imposible y no podemos pretender renunciar de un día para otro a las comodidades de las que en algunos casos no podríamos prescindir. Pero no es menos cierto que “se hace camino al andar” como escribió Antonio Machado. Y no tenemos tiempo que perder. No es cuestión de caer en el alarmismo, podemos discutir si el semáforo está en ámbar o ya en rojo pero ahí están los informes del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático que ya no se atreven a contestar ni los “negacionistas” y en cualquier momento habremos cruzado la línea roja. Entonces el camino hacia el desastre será irreversible.

Cuando, por ejemplo, se habla del Cambio Climático se insiste sobre los efectos del deshielo en los polos por ser de máxima relevancia, pero no nos concienciamos de que las variaciones en el clima tendrán consecuencias sobre nuestra –sí, de nuestra generación- calidad de vida en el futuro y la de los que habiten este planeta después de nosotros. El clima siempre ha cambiado y las especies se han adaptado o desaparecido pero lo que tenemos que entender es que la velocidad del cambio actual no nos dará la oportunidad de adaptarnos.

El clima siempre ha cambiado y las especies se han adaptado o desaparecido pero lo que tenemos que entender es que la velocidad del cambio actual no nos dará la oportunidad de adaptarnos

 

De la misma manera que la edad del metal sucedió a la de piedra, la de los combustibles fósiles dará paso a la de las renovables. La diferencia es que esta transición durará menos de un siglo, frente a los milenios de las otras edades. La razón de la transición siempre es el hallazgo de una alternativa mejor. ¿Dejaremos de utilizar el petróleo y sus derivados? No tiene sentido hacerlo, pero sí dedicarlo a fines más nobles que el quemarlo para obtener un pobre nivel de eficiencia.