Ursula Von der Leyen, ministra de Defensa de Alemania, acaba de reclamar la revisión de la política de seguridad nacional del país, algo que sólo ocurre cuando un acontecimiento realmente importante cambia en el tablero geopolítico: las dos veces anteriores fue a raíz de los atentados del 11 de septiembre y de la caída de la URSS. El motivo de su demanda es el comportamiento del Presidente ruso: “Alemania no debe hacerse ilusiones; Vladímir Putin intenta sustituir el derecho internacional por una política de dominación y esferas de influencia”, en palabras de la Ministra.

No es que el ruso sea un desconocido; ya ha dado muchas muestras de entender y aplicar a la perfección la vieja sentencia de Carl Von Clausewitz: “la guerra es la continuación de la política por otros medios”. Lo dejó muy clarito nada más llegar al poder la primera vez, hace 15 años, cuando invadió Chechenia y convirtió su capital, Grozni, en una escombrera, matando entre 25.000 y 50.000 personas, la mayoría civiles.

Después lo volvió a probar con la invasión de Osetia del Sur, en Georgia, en 2008. Oficialmente, entonces sólo era el Primer Ministro del país, pero a nadie se le escapa a quien obedecía el entonces presidente, Dmitri Medvédev, que hoy es el primer ministro, en un útil intercambio de papeles con Putin para subsanar, de cara a la galería, el hecho de que el mandato presidencial en Rusia está limitado a dos legislaturas consecutivas.

Y ahora Putin ha sentado sus reales en Ucrania. Ya no en el lejano Cáucaso, sino en un país fronterizo con Polonia, Eslovaquia, Hungría y Rumanía, miembros de la UE. La poderosa zarpa del oso ha llegado a la puerta de casa; ya no se puede mirar a otro lado.

Putin ha sentado sus reales en Ucrania. Ya no en el lejano Cáucaso, sino en un país fronterizo con Polonia, Eslovaquia, Hungría y Rumanía, miembros de la UE

Putin defiende sus intereses y los de los suyos

En contra de lo que la propaganda nos surte a diestro y siniestro, Putin no actúa irresponsablemente, provocando a sus vecinos; actúa en defensa de sus intereses y de los intereses de los rusos que se convirtieron en minorías no demasiado bien vistas por los oriundos del rosario de países que surgió tras la implosión de la URSS. Dentro de la UE tenemos un ejemplo vergonzoso con el trato otorgado a la minoría rusa en Letonia –casi el 30% de la población total–, donde a muchos se les ha privado de la nacionalidad y de todo lo que ello implica.

Además hay que reconocer que el amo y señor de Rusia sabe hacer las cosas. Digamos que tiene una habilidad especial para encontrar provocaciones, y saca buen provecho de ello: en Georgia entró tras una torpe y desmesurada reacción de las autoridades georgianas, y esperó para invadir Crimea, sin disparar un solo obús, a que los revolucionarios ucranios –tras otra torpe actuación, esta vez de la UE– echaran del poder al legítimo presidente, Víctor Yanukóvich, que tuvo que huir del país.

Ahora, Putin, con su apoyo a los separatistas ucranios y la vulneración de los compromisos de alto el fuego en el este del país, no hace otra cosa que demostrar, una vez más, que sabe manejar el tempo de las crisis, que tiene poco que perder y que cuando los cañones suenan hace falta algo más que palabras bonitas para que se callen. Sólo parará cuando las regiones rusófonas de Lugansk y Donetsk sean independientes, sino de derecho, sí de hecho. Y Ucrania y la UE acatarán, por la cuenta que les tiene y porque hay un precedente no muy diferente con la república de Kosovo, desgajada de Serbia en contra de la legislación internacional, razón por la que no es reconocida por más de 80 países, entre ellos España.

 “¿Y todo esto qué me importa a mí, que me interesan las renovables?”

“¿Y todo esto qué me importa a mí, que me interesan las renovables?” se preguntará alguno de los lectores de este blog. Pues mucho, porque Putin es el principal suministrador de gas de la UE, que cubre un 30% de sus necesidades gracias a los yacimientos de Siberia. Y el hecho de que haya o no haya gas dificulta o facilita el desarrollo de las renovables.

A España, en la otra punta del continente europeo, no llega el gas ruso, pero lo compran 11 de los socios comunitarios, y no precisamente periféricos: el 36%, el 27% y el 23% del gas quemado en Alemania, Italia y Francia, respectivamente, está suministrado por Gazprom, el monopolio estatal ruso que patrocina la Champions League de fútbol. Una Gazprom, por cierto, que tiene abierto un procedimiento antitrust por parte de la Comisaría de Competencia de la UE desde 2012.

A España, en la otra punta del continente europeo, no llega el gas ruso, pero lo compran 11 de los socios comunitarios, y no precisamente periféricos

En varias ocasiones Rusia ya ha cerrado los gasoductos que cruzan Ucrania para abastecer la UE, las más graves en 2006 y 2009, y, aunque Putin no quiere dejar de vender sus recursos a la opulenta UE, su relación de cliente-proveedor no es lo que era antes del conflicto ucranio. Las mutuas baterías de sanciones –que sólo escuecen macroeconómicamente, pero que queman sectores concretos–, y el hecho de que Gazprom tenga otros socios menos escrupulosos con el comportamiento internacional del zar, marcan la diferencia.

A diferencia del petróleo, que mueven los petroleros en un mercado global, el gas tiene mercados regionales, regidos por la existencia de los gasoductos. Los principales tubos de Rusia miran hacia Europa, y hasta hace muy poco no había perspectiva de que lo hicieran en dirección a otras latitudes con garantías de encontrar consumidores capaces de pagar no sólo el suministro, sino también las gigantescas infraestructuras previas. Rusia, a su pesar, dependía tanto de la UE como la UE de ella. Pero eso ya no es así.

Cambia la relación clientelar entre la UE y Rusia

Putin firmó el pasado noviembre un acuerdo con su homólogo chino para suministrarle gas durante 30 años por 40.000 millones de dólares; un nuevo gasoducto permitirá bombear el hidrocarburo a partir de 2019, sólo dentro de cuatro años. Y el mes siguiente suspendió definitivamente la construcción de otro gasoducto con destino a la UE, a través de Bulgaria, denominado South Stream, y firmó un acuerdo con Turquía para construir una canalización hasta allí.

Putin firmó el pasado noviembre un acuerdo con su homólogo chino para suministrarle gas durante 30 años por 40.000 millones de dólares; Y el mes siguiente suspendió definitivamente la construcción de otro gasoducto con destino a la UE, a través de Bulgaria y firmó un acuerdo con Turquía para construir una canalización hasta allí

 

El fracaso de South Stream se venía rumiando tiempo atrás y ejemplifica el deterioro de la relación clientelar entre Rusia y la UE. Fue ésta la que impidió que comenzasen las obras en Bulgaria cuando estaba previsto, el verano pasado, al frenar la firma de contratos; argumentó que Gazprom no podría ser propietario y operador del gasoducto de acuerdo con las leyes comunitarias, pero, sobre todo, pesaba el hecho de que, aunque el trazado excluyese Ucrania, el proveedor seguía siendo Rusia.

Así, tras el cerrojazo a South Stream, el 70% del gas ruso con destino a la UE atraviesa Ucrania, lo que significa que los europeos, por solidaridad o por necesidad, vamos a sufragar también el gas que consuman los ucranios. El Otro 30% llega por la ruta del norte, y uno de los tubos va directamente a Alemania por debajo del Báltico.

Ese gasoducto, denominado Nord Stream, se construyó para garantizar el abastecimiento de la tierra de Ángela Merkel, esquivando intermediarios poco fiables, como Ucrania o Bielorrusia. Y aunque al frente de la empresa esté el ex canciller alemán Gerhard Schröder –por cierto, amigo personal de Putin–, el 51% es propiedad de Gazprom y no deja de tener su origen en Rusia.

Los negocios pueden ser los negocios, pero cuando éstos no son buenos, empiezan a primar otros intereses. Putin ha ampliado su cartera de clientes, con lo que ya no depende tanto de la UE, y necesita dar de comer patria a unos rusos que se adentran en la crisis económica por culpa de la bajada de los precios del crudo.

Putin ha ampliado su cartera de clientes, con lo que ya no depende tanto de la UE, y necesita dar de comer patria a unos rusos que se adentran en la crisis económica por culpa de la bajada de los precios del crudo

 

La Unión Energética, más política de defensa que de economía

Es difícil interpretar de otro modo las palabras de la ministra Von der Leyen. Éstas desvelan, además, que por mucho que la UE forme parte de la OTAN, EE UU, soflamas aparte, no está dispuesto a enfrentarse a Rusia por culpa de un país que casi nadie sabe ubicar en el mapa al otro lado del Atlántico. Así que Europa, que siempre hace gala de poder diplomático blando, necesita algo más.

Estando así las cosas, la Comisión Europea presenta un proyecto de Unión Energética que recupera las raíces comunitarias –el origen de la UE está en las comunidades del carbón y del acero y la de la energía atómica– y que vuelve a insistir en la necesidad de crecer en renovables. Esta vez el apoyo a las fuentes limpias no llega tanto por el medio ambiente como por la urgencia de disminuir la dependencia energética. Aunque no lo digan, en la Unión Energética, más que las ventajas económicas, prima la defensa.

Esta vez el apoyo a las fuentes limpias no llega tanto por el medio ambiente como por la urgencia de disminuir la dependencia energética. Aunque no lo digan, en la Unión Energética, más que las ventajas económicas, prima la defensa

 

Es dudoso que la Unión Energética tenga éxito a corto plazo, porque se enfrenta con los monopolios nacionales avalados por los poderes políticos, pero la coyuntura para dar un paso que se necesita desde hace mucho no puede ser mejor. Y nadie debe olvidar que, pase lo que pase en un futuro, a Putin no le va a temblar el pulso.