El invierno ha entrado suave en cuestión de temperaturas como lo hizo el otoño y, aun así, hemos vuelto a las restricciones al tráfico para mitigar la contaminación de la ciudad de Madrid. Esta medida, como la de hace unos meses, ha molestado a muchos, por “mermar su libertad”, mientras que otros vislumbran la desaparición de la propiedad privada como único remedio para combatir esa contaminación. Si nos pusiéramos dramáticos podríamos hablar otra vez de las dos Españas en Madrid y de que nos enfrentamos a una catástrofe anunciada.

Lo que sí está claro es que no hay una “posición suiza”, una neutralidad brotada del sentido común que reflexione sobre el fondo de la cuestión pensando que las formas pueden ser mejorables, pero que, al fin y al cabo, deben imponerse.

Si alguien piensa que las restricciones de tráfico limitan su libertad, que piense que la contaminación limita su esperanza de vida

Nos han dado a entender que las restricciones al tráfico van a ser frecuentes y más drásticas si los niveles de contaminación se mantienen y si los elementos no nos ayudan a limpiar sus efectos y cada uno se ve incapaz de renunciar a su calidad de vida. Tenemos comportamientos de nuevos ricos, usando el coche desmesuradamente para desplazamientos cortos, obviando medidas de ahorro como los termostatos individuales en las casas de vecinos de calefacción central y poniendo a temperaturas tropicales nuestras calefacciones para estar en casa en manga corta y luego quejarnos de lo cara que es la energía.

No cabe duda de que en las grandes ciudades europeas como Madrid las calefacciones y el transporte, los que llamamos sectores difusos, son los mayores emisores de gases contaminantes y por tanto debemos enfocarlas a la hora de mitigar el problema.

He leído y escuchado propuestas peregrinas para solucionar el problema del tráfico:

  • Subir los límites de partes por millón de gases nocivos, por ejemplo, lo que equivale a mirar para otro lado, pero con un inconveniente y es que no podemos respirar para otro lado.
  • Irnos a vivir al campo si queremos aire limpio…
  • Que cojan el transporte público los políticos…
  • No limitar la velocidad a 70 km/h en los accesos a Madrid porque coarta nuestra libertad. Como si hasta ahora hubiésemos circulado sin límites…

Esta última es curiosa, no queremos que los políticos nos limiten, pero sí que nos solucionen los problemas.

Otras posibles medidas:

  • Poner más puntos de recarga de vehículos eléctricos, pero ¿realmente estamos dispuestos a comprarnos uno?…
  • Cerremos al tráfico el interior de la M30…
  • Pongamos carril bici eliminando un carril de cada calle de Madrid…

Muchas soluciones radicales que no tienen el punto de equilibrio y que, como he apuntado anteriormente, olvidan que lo importante es que el aire que respiramos deteriora nuestra salud de manera irreversible.

Sin duda, se deben mejorar los sistemas de aviso de las restricciones para que los ciudadanos tengan más tiempo de reacción y la comunicación de las razones que llevan a limitar el tráfico. Pero, en este caso, los habitantes de Madrid debemos quitarnos la gorra de nuestro partido político preferido para asumir que es la calidad del aire que respiramos lo que está en juego y que el coste derivado de la contaminación, solo en vidas humanas, supone en España 15.000 bajas. El problema es lo bastante serio para que racionalicemos el uso del coche y de la calefacción.

Si alguien piensa que las restricciones de tráfico limitan su libertad, que piense que la contaminación limita su esperanza de vida. Todos debemos poder escoger cómo nos movemos, es un derecho, pero también debemos imponernos la obligación de ser responsables.