La UE lleva una década sufriendo las desavenencias entre Rusia y Ucrania. El primero es el primer exportador de gas al territorio comunitario –el 30% del total– y el segundo es el principal país de tránsito de dicho gas –nada menos que el 80%–, en virtud de la configuración de los gasoductos europeos. Ya en 2006 y 2009, Rusia cortó el suministro de gas a Ucrania por impago y este último país, en desacuerdo con la medida, optó por aprovechar el combustible destinado a la UE para cubrir sus propias necesidades, provocando el desabasteciendo de los destinatarios finales. En la última de las dos crisis citadas, Alemania cedió parte de sus reservas a varios de los países centroeuropeos que, en plena ola de frío invernal, se vieron privados de calefacción por falta de combustible.

Ahora el conflicto entre Rusia y Ucrania ha alcanzado una cota superior a las anteriores, con el golpe de Estado contra el legítimo presidente ucranio y la invasión rusa de la península de Crimea. Los analistas afirman que, afortunadamente, estamos al final del invierno y la UE dispone de reservas suficientes de gas, más un nuevo gasoducto –llamado Nord Stream, inaugurado en 2011– que une directamente el territorio ruso con el alemán a través del mar del Norte.

Así pues, no parece haber riesgo de desabastecimiento de gas ruso en la UE, pero como ocurre siempre que truena, todo el mundo se está acordando ahora de esa Santa Bárbara que es el aprovechamiento de recursos autóctonos para conseguir independencia energética.

Dentro de las voces que reclaman más producción energética autóctona destacan las de las renovables –aunque nuestro ministro de Energía, José Manuel Soria, se olvide de mencionarlas cuando habla de la dependencia española– y los partidarios de explotar los hidrocarburos no convencionales mediante nuevas técnicas extractivas, entre las que sobresale el controvertido fracking.

La polémica alrededor del fracking es bulliciosa y, en no pocas ocasiones, intencionada y sesgada. Por un lado, la industria extractiva minimiza los impactos ambientales que conlleva y, por otro, los grupos ecologistas los maximizan, de modo que es poco menos que imposible saber cuáles son los riesgos en realidad.

Por un lado, está claro que el gas, sea convencional o no, es un combustible fósil y, por lo tanto, contribuyente a calentar el planeta con el CO2 que produce su combustión –2,1 kg de CO2 por m3–, pero, por otro lado, esta contribución es inferior a la de otros combustibles fósiles, como el carbón –2,5 kg de CO2 por kilo–. Si, en cifras globales, el gas no convencional sustituyera al carbón, la medida sería bienvenida, dentro del proceso de transición hacia un modelo ciento por ciento renovable, que probablemente durará toda esta centuria.

Fuerte impacto ambiental

Ahora bien, resulta que durante el proceso del fracking se producen muchas fugas de gas –casi todo metano, CH4– que, sin quemar, genera hasta 23 veces más efecto invernadero que el CO2. Como resultado, la mitigación del calentamiento global que produciría sustituir el carbón por gas no convencional puede muy bien no ser positiva, como afirman algunos estudios. Ojalá la industria extractiva, la primera interesada en no perder el recurso que explota, consiga solucionar pronto el problema.

 Durante el proceso del fracking se producen muchas fugas de gas –casi todo metano, CH4– que, sin quemar, genera hasta 23 veces más efecto invernadero que el CO2

También se denuncia que el fracking necesita mucha agua –hasta 50 litros por gigajulio–, que se inyecta a gran presión en el subsuelo, junto con arena y varios productos químicos, para fracturar las rocas y extraer el gas incrustado en ellas. La composición de esos productos químicos también es polémica –algunos están sujetos al secreto industrial y se dice que los hay radiactivos–, pero las necesidades de agua no son mayores que las de extraer carbón en las minas.

Otra cosa es lo que se hace con el agua y los químicos tras del proceso –se depositan en balsas que deben tratarse– y el efecto que tienen en el subsuelo; no son pocos los casos en los que la fractura de rocas subterráneas termina contaminando los acuíferos. La industria afirma que esto no debería ser un problema con las medidas de seguridad adecuadas, pero la experiencia indica que a las petroleras y gasistas no les gustan las sutilezas y que son poco amigas de compensar sus impactos ambientales, accidentales o no. Para mucha gente, el principio de precaución debería imponerse por esta razón.

Adicionalmente, se denuncia la necesidad de hacer muchas perforaciones en un mismo yacimiento para extraer el gas, porque éstas se agotan rápido, “dejando la zona como un queso de Gruyère”. La verdad es que este problema se solucionaría fácilmente, al exigir una rehabilitación de las zonas objeto de explotación para que no quedara rastro.

Finalmente, también se denuncia que el fracking produce pequeños movimientos sísmicos, lo cual es cierto, pero éstos son de pequeña envergadura –inferiores a los que pueden producirse con el llenado de grandes embalses– y similares a los de algunos tipos de aplicaciones geotérmicas, que son totalmente renovables.

No habrá mucho fracking en Europa

Por el lado de las ventajas del gas no convencional, no podemos olvidar el hecho de que es un recurso autóctono que contribuye a la independencia energética y está claro que su bajo coste ha supuesto una auténtica revolución en EE UU, donde el precio del gas es tres veces más bajo que en Europa. No resulta raro que los integrantes de la propia Comisión Europea –excepto el titular de Medio Ambiente–, preocupados por la pérdida de competitividad industrial de la UE, animen a los estados miembros a explorar su potencial, y se abstengan de regularlo, dejando en sus manos las garantías y las medidas de seguridad que consideren convenientes.

Sin embargo, por mucho que las grandes cifras macroeconómicas –obviando la problemática ambiental– arrojen un balance positivo para el gas no convencional, es muy difícil que en Europa pueda replicarse el boom del otro lado del Atlántico.

Hay varias razones que avalan esa afirmación, pero la principal es la diferencia jurídica en la propiedad del subsuelo; mientras en EE UU el dueño de un terreno es también dueño de lo que hay bajo él, en la UE el subsuelo es público, lo que deja la decisión de hacer las perforaciones en manos de la Administración. Y en este punto nos topamos con el hecho de que en Europa hay una densidad de población mucho mayor que en EE UU, y que nadie quiere tener una explotación de hidrocarburos al lado de su casa. En consecuencia, raro sería el político que se atreviese a autorizar siquiera exploraciones –no ya explotaciones–, porque se arriesgaría a perder la confianza de sus votantes.

En Europa raro sería el político que se atreviese a autorizar siquiera exploraciones –no ya explotaciones–, porque se arriesgaría a perder la confianza de sus votantes

De hecho, en todo el continente, excepto en Polonia y en algún otro país, las Gobiernos están declarando moratorias –Francia y Alemania– o negando los pertinentes permisos por la presión social. Incluso en los países cuyos mandatarios nacionales desearían desarrollar los hidrocarburos no convencionales, como España, la oposición de los gobiernos locales dan al traste con estas aspiraciones, como ocurre con Cantabria o Cataluña, que se han declarado zonas libres de fracking.

Centrar esfuerzos en las renovables

En fin, que es lógico que los defensores de los hidrocarburos no convencionales reclamen su explotación en Europa y en España, como un medio para minimizar la gran dependencia energética que sufrimos y aumentar la competitividad, pero más nos valdría centrar los esfuerzos en desarrollar más las tecnologías renovables, que también son autóctonas, no tienen impactos ambientales significativos, ya son rentables en buenas condiciones y no contribuyen al calentamiento global.

Fracking en Europa: más nos valdría centrar los esfuerzos en desarrollar más las tecnologías renovables que también son autóctonas, no tienen impactos ambientales significativos y  ya son rentables en buenas condiciones

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Y sobre Rusia y Ucrania… Mucho me temo que el presidente ruso, Vladimir Putin, tomará el territorio que quiera, cuando quiera y como quiera, mientras que el resto del mundo chillará y chillará, pero nada más, porque no tiene nada que ganar enzarzándose con el elefante ruso. Ya ocurrió en Georgia en 2008. Personalmente, hasta tengo dudas de que el acercamiento a la UE que buscan los ucranianos sea realmente bueno para ellos.