La energía está llamando la atención de muchos analistas, como una dimensión esencial de la sostenibilidad. Se extiende la opinión de que, una vez que superemos las facetas financieras de la crisis actual, la próxima gran barrera para el crecimiento de la economía mundial puede ser la energética.
Se ha demostrado a lo largo de la historia que la energía siempre ha sido un factor clave para impulsar y mantener los grandes periodos de crecimiento económico y demográfico, desde el neolítico hasta la revolución industrial. Por tanto, no hace falta ser un augur para vaticinar que un escenario de escasez de materias primas energéticas y elevados precios colapsaría la economía global, además de la aceleración del cambio climático que implicaría. ¿Qué sucederá si las grandes zonas en desarrollo, que engloban más del 50% de la población mundial –China, India, América Latina, Europa Oriental, África– siguen adoptando las mismas prácticas en uso de la energía que Europa y América del Norte, cuyos consumos per cápita son muy superiores?

¿Qué podemos hacer para no caer en un escenario tan sombrío?

Lo primero, deshacer muchos mitos sobre la energía. Por ejemplo, mucha gente piensa que pronto será suficiente con las energías renovables, o con la energía nuclear de fusión, o que incrementar la competencia en el sector será suficiente para que la energía no se encarezca, etc. Todos estos son temas de importancia para la producción y el suministro; sin embargo, no hemos encontrado fórmulas mágicas para disponer de las ingentes cantidades de energía que consumimos de forma barata, sencilla y sin impacto medioambiental, ni parece que en las próximas décadas vayamos a hacerlo. Ante ello, la eficiencia energética –que supone, además de incorporar tecnologías más modernas, el consumo responsable de la energía– es lo que más aporta, lo más rentable y lo que más tenemos a nuestro alcance.

España es especialmente vulnerable en temas energéticos: somos muy dependientes –casi un 80% frente a un 60% de media en la UE, que ya supone una notable dependencia. Además tenemos algunos problemas enquistados como el déficit de tarifa, una regulación inestable y en los últimos años con inseguridad jurídica para quien invierte en energías limpias.

En cambio, hemos logrado avances: así, en menos de una década, la eficiencia energética a nivel macro (PIB/consumo de energía) ha mejorado en un 15%; en 2012 un 30% de la electricidad generada fue de origen renovable y autóctona.

Hay una característica de la idiosincrasia española que deberíamos moderar al opinar de energía: como somos apasionados, nos polarizamos fácilmente. Tendemos a ser pro/anti-nuclear, pro/anti fotovoltaica, pro/anti fracking, etc. Esta actitud fomenta los tópicos y que se nos vaya la fuerza en discusiones con quienes mantienen la postura contraria, en vez de centrarnos en lo que podemos hacer: concienciarnos para el consumo responsable y promover, cada uno en su ámbito, la eficiencia energética.