En 1974, en plena crisis petrolera, los países ricos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) crearon la Agencia Internacional de la Energía (AIE) con un doble mandato: promover la seguridad de sus miembros con respuestas colectivas ante cortes de suministro de crudo –interviene en los mercados en situaciones de crisis, como la Guerra del Golfo de 1991– y asesorarles para seguir una política energética acertada. Este segundo mandato lo cumple elaborando informes y análisis que son referencia principal para el diseño de políticas energéticas nacionales y supranacionales.

Entre todos los informes que elabora la AIE el más importante es el World Energy Outlook (WEO) que, con carácter anual, estudia con detalle la coyuntura energética mundial y realiza predicciones sobre la evolución del sector durante las próximas décadas. Se acaba de publicar el correspondiente a 2013 y en él se da cuenta de la extraordinaria proyección que tendrán las energías renovables hasta 2035: si en la actualidad cubren un 20% de la demanda eléctrica global, dentro de dos décadas ese porcentaje habrá crecido hasta el 31%; aproximadamente la mitad de toda la nueva capacidad de generación que se conecte en el mundo será limpia.

Para hacernos una idea más clara de la transformación que supone sobre la situación que se ha vivido hasta ahora, el WEO facilita otros datos muy indicativos: el actual porcentaje de los combustibles fósiles en el consumo global de energía primaria (además de la electricidad, incluye el transporte y los usos térmicos) es el mismo que tenían hace 25 años, el 82%; sin embargo, dentro de 20 años, gracias al auge de las renovables, se habrá conseguido que caiga hasta el 75%.

Indudablemente, el predominio de los combustibles fósiles es todavía muy alto –abrumador en el ámbito del transporte–, pero las estadísticas ya reflejan un cambio de tendencia muy necesario para la buena salud del medio ambiente: en un par de años las renovables habrán superado al gas como segunda fuente de generación eléctrica, tras el carbón, y casi habrán superado a éste hacia el final del período analizado.

Renovables directamente competitivas

La magnitud del cambio todavía es mayor si se tiene en cuenta que la demanda global de energía crecerá un 30% hasta 2035, y que en un 90% lo hará en los llamados países emergentes, acuciados por la necesidad de crecer económicamente para mejorar el nivel de vida de su población y muy poco preocupados por el impacto ambiental de sus modelos energéticos: en el caso de la electricidad, sólo la demanda de China (36%) y la de India (13%) suman la mitad de todo el crecimiento del consumo.

En el caso de los países desarrollados, la implantación de las renovables no vendrá impulsada por el crecimiento de la demanda de energía, sino por la necesidad de sustituir un parque de generación cuya vida útil toca a su fin: el 60% de la nueva capacidad de los países de la OCDE se conectará a las redes para sustituir la producción de las centrales que se vayan cerrando.

Tanto en el caso de los países emergentes como en el de los países ricos, el auge de las renovables vendrá por su competitividad en relación con las demás fuentes de energía, aunque en el segundo caso sí puedan tener cierto peso los compromisos internacionales de lucha contra el cambio climático.

Y la competitividad de las renovables llega impulsada por un petróleo que se mantendrá caro –crecerá desde los actuales 110 $ por barril hasta los 130 $ por barril– y por su vertiginoso descenso de costes, que continuará para la mayoría de tecnologías limpias. Cierto es que se están explotando nuevos tipos de hidrocarburos, denominados no convencionales, pero, como puntualiza el WEO, en el caso del petróleo su extracción y su transformación es muy onerosa, y, en el caso del gas, problemas ambientales en su extracción (el controvertido fracking) así como la insuficiente infraestructura logística, impiden que los bajos precios que hay en algunas regiones, como EE UU, puedan extenderse a las demás.

¿Apoyo económico?

La AIE es prudente, no obstante, en relación al apoyo económico que reciban las renovables hasta que alcancen los umbrales de plena competitividad en las diferentes regiones, puesto que su coste depende de la cantidad y la calidad del recurso natural que exploten (viento, sol, agua, mareas…). Según sus cálculos, las energías limpias recibieron un apoyo financiero de 101.000 millones de dólares en 2012, y cree que ese volumen se puede duplicar en 2035.

Esas cantidades, que parecen tan elevadas, en realidad son muy inferiores a los subsidios que reciben los combustibles fósiles. Sin contar las externalidades ambientales (calentamiento global, acidificación de suelos, vertidos accidentales…) y de otros tipos (costes sanitarios, limpieza de ciudades, jubilaciones anticipadas…), el año pasado volvieron a batir su propio récord, con 544.000 millones.

Concluyendo, en los próximos años vamos a ver un crecimiento aún mayor de las energías renovables en todo el mundo, fundamentalmente por su competitividad económica –los países pobres no apostarán por ellas si no son más baratas que las convencionales–, aunque sucedan episodios como el gravísimo frenazo que estamos experimentando en España.

¿Lo notarán las emisiones de CO2? Pues sí, claro, pero no todo lo que debieran, porque crecerán un 20%. El consumo de combustibles fósiles es responsable de las dos terceras partes de las emisiones contaminantes y las renovables deberían crecer todavía más rápido para evitar que el planeta se siga calentando por culpa de la actividad humana. Según los cálculos de la AIE, el incremento de la temperatura será de 3,6º C durante la presente centuria, algo menos que los 4,8º C que prevé el Panel de Cambio Climático de la ONU.