Buenos días, soy Arabia Saudí. Me dedico a vender petróleo, un líquido viscoso que abunda bajo mis arenas y que mueve –nunca mejor dicho– el mundo moderno. Tengo tanto, y tan buenas infraestructuras para extraerlo y distribuirlo por todo el planeta, que controlo su precio global.

Con algunos amiguetes –unos más que otros– he formado un club de países que también tienen petróleo que se llama OPEP. Nos reunimos cuando nos apetece para decidir cuánto produce uno y cuánto deja de producir otro, de modo que el precio final sea el mejor para nosotros. La verdad es que no funciona demasiado bien, porque varios de los socios tienen la fea costumbre de incumplir sus compromisos, pero el resultado final nunca es malo para mí. A fin de cuentas, me sale tan barato extraer el petróleo y tengo tanta capacidad de producción ociosa que me da igual lo que hagan.

La verdad es que  la OPEP no funciona demasiado bien pero el resultado final nunca es malo para mí. A fin de cuentas, me sale tan barato extraer el petróleo y tengo tanta capacidad de producción ociosa que me da igual lo que hagan

 

El caso es que los últimos años me ha venido bien que el petróleo tuviera un precio alto –a fin de cuentas, los yates son onerosos y compro muchas, muchas armas–, pero eso ha dado pie a que unos advenedizos exploten su propio petróleo –muy malo– con técnicas que sólo son rentables a ese precio, es decir, yo mismo me he creado competencia.

Lógicamente, con más crudo en el mercado, el precio ha bajado. Empezó en verano y lo hizo bastante rápido, porque tengo muchos clientes en crisis y la reducción de la demanda ha contribuido a ello.

El pasado mes de noviembre nos reunimos los de la OPEP y, precisamente aquellos que peor me caen, me reclamaban que dejara todavía más capacidad ociosa para mantener el precio alto, porque su estabilidad –o su supervivencia, como Venezuela– depende de ello.

Yo, la verdad, ¿qué gano con ello? Nada. Más bien al contrario, pierdo…, o dejo de ganar; me da igual como lo digan. Gano mucho más extrayendo petróleo como hasta ahora y dejando que el precio baje hasta donde el mercado decida; nunca lo hará hasta el extremo de que pierda dinero. Además gano por partida doble.

Gano mucho más extrayendo petróleo como hasta ahora y dejando que el precio baje hasta donde el mercado decida; nunca lo hará hasta el extremo de que pierda dinero

 

Ganar por partida doble

Por un lado fastidio a Irán, mi histórico rival chií, y a sus aliados rusos –que nunca me han caído simpáticos y me están fastidiando al apoyar al dictador sirio, Bashar Al Asad–, cuya bonanza depende del petróleo que exportan. Llevan unos años muy buenos y no me interesa que estén fuertes cuando se acabe con el dominio territorial de ese Estado Islámico que me ha salido en el patio trasero.

Y, por otro lado, reviento los planes de negocio de los advenedizos, esos del fracking; a los más ambiciosos, les hundo en su propia deuda. Después… No sé… Quizá vaya reduciendo paulatinamente mi capacidad ociosa, manteniendo el precio lo suficientemente bajo como para que no haya más listorros hasta dentro de unas décadas.

¿Y las renovables? Ya veremos. A fin de cuentas, en pocos sitios hay tanto sol como aquí.