El Parlamento Europeo acaba de reclamar que la UE establezca un objetivo del 30% de renovables para 2030, esto es, un incremento del 10% desde el ya famoso objetivo del 20% fijado para 2020. La petición se produce en medio de un debate muy intenso sobre el futuro energético comunitario, en el que la Comisión Europea –el Ejecutivo comunitario– está dividido entre los partidarios de apostar por ese 30% y los partidarios de no fijar ningún objetivo o, incluso, rebajar el del 20% a 2020 .

Los jefes de Estado y de Gobierno, por su parte, también están divididos; buena muestra de ello lo encontramos en la misiva que ocho países han remitido a la Comisión para que apoye ese objetivo del 30%, que va unido a una reducción del 40% de las emisiones de efecto invernadero. Esos ocho países son Alemania, Italia, Francia, Portugal, Irlanda, Dinamarca, Bélgica y Austria; brilla por su ausencia España, hasta hace unos años gran adalid de las energías limpias.

¿Qué ha pasado para que haya tanta discordancia sobre renovables en la UE? La melodía general de la política energética comunitaria es parecida –lleva medio siglo azuzando para construir el mercado único–, pero tiene una letra nueva cuyo estribillo insiste en que el precio de la electricidad es demasiado alto para todos los consumidores, pero especialmente para el tejido industrial comunitario. La crisis económica es una realidad ineludible y cuesta ganar competitividad global cuando la gran industria europea paga 125 $/MWh mientras que su homóloga norteamericana abona algo menos de 75 dólares por la misma cantidad de energía.

Las externalidades positivas de las renovables: en el olvido

El efecto inmediato de la nueva tonada bruselense es el freno al apoyo a las renovables, acusadas de ser las responsables directas de que la luz haya subido un 21% para la industria en cuatro años. Ya nadie se acuerda de sus externalidades positivas (empleo, independencia, tecnología…) ni de que, como afirmaba la Agencia Internacional de la Energía (AIE) hace unos años, por cada dólar no invertido en el sector eléctrico antes de 2020, será preciso gastar más de cuatro para compensar el aumento de las emisiones contaminantes.

Ahora bien, el resto de la letra de la canción, con el modo en que se puede rebajar esa factura eléctrica, no está tan claro. Se insiste en la necesidad de incrementar la eficiencia energética y se aprueban medidas duras, como obligar a los suministradores de energía a ahorrar el equivalente al 1,5% de sus ventas cada año, pero las alternativas a la generación eléctrica renovable son escasas, y la UE tampoco puede renunciar de buenas a primeras a una defensa del medio ambiente que forma parte de las credenciales comunitarias.

“Las alternativas a la generación eléctrica renovable son escasas, y la UE tampoco puede renunciar de buenas a primeras a una defensa del medio ambiente que forma parte de las credenciales comunitarias”

A la UE –no se lee en sus papeles, pero lo dicen sus portavoces– le gustaría que se explotasen los hidrocarburos no convencionales autóctonos, y algunos socios lo harán, como Polonia, pero los más importantes no están por la labor: Francia se ha ratificado en el rechazo al uso del fracking y uno de los pactos de los partidos que forman el nuevo Gobierno alemán es la implantación de una moratoria para esta técnica extractiva. A la par, afloran contradicciones en las prioridades de Bruselas: ahora se está estudiando excluir el uso de las arenas bituminosas de Canadá en virtud de una nueva Directiva de Calidad del Combustible.

Y la posibilidad de importar el gas barato de Norteamérica –donde el fracking está revolucionando el modelo energético– es muy lejana. La falta de infraestructuras logísticas y la sed energética de Asia lo impiden; hoy el gas en la UE cuesta tres veces más que en EE UU (10$/BTU frente a 3$/BTU), pero en 2035 todavía costará el doble, según los últimos cálculos de la AIE. Eso sí, el carbón que ya no consumen los americanos está inundando Europa, disminuyendo aún más el uso de unos ciclos combinados de gas que ya se veían desplazados por la producción renovable.

“El carbón que ya no consumen los americanos está inundando Europa, disminuyendo aún más el uso de unos ciclos combinados de gas que ya se veían desplazados por la producción renovable.”

Los ciclos, otra vez según los cálculos de la AIE, sólo recuperarán el nivel de 2010 a partir de 2030, por la necesidad de disponer de generación flexible, por el precio del CO2 y porque las centrales de carbón, ante su mayor uso, podrían cerrar antes de lo previsto con la aplicación de la Directiva de Grandes Instalaciones Contaminantes. ¿Cabe la posibilidad de que se modifique esa normativa y se viva una resurrección del carbón? Es poco probable, porque las centrales de carbón son viejas y ya están construidas las instalaciones de gas que las sustituirán.

La energía nuclear en la Unión Europea

De la opción nuclear casi es mejor no hablar; todavía necesita una mejor explicación la decisión británica de invertir 19.000 millones de euros en una planta que cobrará 109 €/MWh –más del doble que el precio del mercado– y que empezará a operar, con suerte, en 2023. Cierto es que prolongar la esperanza de vida de las centrales allí donde se pueda quizá sea la opción más clara para que no se encarezca la electricidad, pero Alemania ha decidido desenchufar sus reactores en 2022, y le secundan otros países como Bélgica o Suiza; incluso en Francia, donde la energía del átomo está asociada al prestigio y la potencia militar, el debate está abierto.

” Alemania ha decidido desenchufar sus reactores en 2022, y le secundan otros países como Bélgica o Suiza; incluso en Francia, donde la energía del átomo está asociada al prestigio y la potencia militar, el debate está abierto”

Con esta endiablada encrucijada, bien está que se reduzca el apoyo directo a las renovables, porque ya no necesitan tanto, y que se insista en la eficiencia y el ahorro. Ello permitirá que no resulte oneroso el refuerzo y la transformación que deben experimentar las redes eléctricas europeas para convertirse en inteligentes y absorber el creciente volumen de generación distribuida. A la par, esas redes inteligentes permitirán otros ahorros en la gestión y el abastecimiento de los núcleos urbanos.

Donde la canción bruselense debería dar un redoble, para llamar más la atención, es en los modelos de mercado y en los mecanismos de fijación de precios. El sistema marginalista falla escandalosamente cuando el grueso de la generación oferta a precio cero. En España lo sabemos desde hace un tiempo, pero ahora las alarmas han saltado en Alemania: el precio del mercado mayorista ha pasado de 75 €/MWh en 2008 a 35 €/MWh en 2013, demasiado bajo para obtener beneficios. Las responsables directas de este fenómeno son las renovables, que, entre unas cosas y otras, se vienen comiendo un 10% de los ingresos anuales de las eléctricas europeas desde 2008.

Las eléctricas tradicionales quieren frenar el desarrollo renovable

A la vista de estos datos, es obvio que las eléctricas tradicionales europeas están muy interesadas en frenar el desarrollo renovable, como mínimo hasta que ellas mismas sepan cómo sacar más provecho que perjuicio del cambio de modelo energético. Son públicas las presiones que han ejercido para frenar ese cambio; incluso han llegado a afirmar, de un modo desproporcionado a todas luces, que si las energías limpias siguen creciendo se pondrá en riesgo la seguridad de abastecimiento y se producirán apagones.

Bruselas no sólo necesita que su nueva melodía energética le permita mejorar la competitividad industrial; también precisa que las sucesivas estrofas de la canción se acomoden mejor y que los instrumentos suenen más armónicos, para que el resultado final no chirríe tanto. Pero a la vista está, incluso desde una perspectiva puramente económica, al margen del problema del cambio climático, que la UE no tiene alternativas a las renovables.