El reciente Acuerdo de París, alcanzado en la XXI Conferencia de las Partes (COP21) de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático pretende limitar el incremento global de la temperatura por debajo de los 2ºC en 2100, dejando la puerta abierta al objetivo de 1,5ºC. Sin embargo, las contribuciones nacionales comunicadas por los distintos países suponen, en estudios realizados por el Panel Intergubernamental de Expertos en el Cambio Climático, una elevación de la temperatura en el año 2100 de 3ºC. Para cumplir con el objetivo de temperatura establecido se debe alcanzar “un pico de emisiones lo antes posible” y avanzar hacia emisiones netas nulas en la segunda mitad de siglo. Aunque el Acuerdo no establece un objetivo de reducción de emisiones, sí menciona que la suma de los compromisos presentados llevaría a 55 gigatoneladas de dióxido de carbono (GtCO2) en 2030 y que para respetar los 2ºC habría que hacer una reducción hasta 40 GtCO2 (¿objetivo implícito?). Para ello se pide a las “Partes” que remitan a Naciones Unidas objetivos concretos de reducción de emisiones consistentes con el objetivo global antes de 2020.

Estos objetivos implican disponer de un nuevo modelo energético, que sea más respetuoso con el medio ambiente sobre todo en las posibles afecciones que se derivan del incremento en la atmósfera de los niveles de CO2 que inciden en la temperatura media.

En contra de lo que se pensaba hasta hace poco, la transformación del modelo energético a lo largo de este siglo no va a estar motivada por el agotamiento de los recursos fósiles. La crisis actual de los precios del crudo revela que, además de la atonía en la demanda, en gran medida se debe al exceso de oferta por la incorporación al mercado de los hidrocarburos no convencionales. La transformación del modelo está impulsada por dos vectores que resultan fundamentales: la tecnología y la ya mencionada lucha contra el cambio climático. Ambos vectores se visualizan en las energías renovables en las que, por un lado, la tecnología está aportando avances sustanciales que las están situando al borde de la competitividad y, por otro, se trata de una tecnología limpia y neutra con el cambio climático y sin prácticamente impactos ambientales.

La transformación del modelo está impulsada por dos vectores que resultan fundamentales: la tecnología y la ya mencionada lucha contra el cambio climático

La firma de consultoría Deloitte ha elaborado un estudio denominado “Un modelo energético sostenible para España en 2050. Recomendaciones de política energética para la transición” en el que se exponen de manera pormenorizada las implicaciones que suponen la consecución de los compromisos asumidos en el Acuerdo de París y la necesidad de dotarse de un modelo energético orientado a esos fines, esto es, basado en la descarbonización del modelo actual, y se facilitan recomendaciones al respecto para la transición energética hasta 2050.

Esta necesaria descarbonización de la política energética debe ser una medida transversal de todas las actuaciones que operan sobre la sociedad pues no se alcanzará la neutralidad necesaria en los niveles de emisiones si no se actúa sobre otros sectores, más allá del energético, como el de la movilidad, la construcción, el urbanismo, la organización laboral etc., que inciden en todas las facetas de la vida de la sociedad. En este estudio se indica, además, que es imprescindible para la reducción de emisiones que se produzca un cambio en las formas de producir y consumir energía desde hoy hasta 2050.

Es imprescindible para la reducción de emisiones que se produzca un cambio en las formas de producir y consumir energía desde hoy hasta 2050

Para conseguir los objetivos de emisiones planteados se deberá desarrollar un parque de generación eléctrica basado casi exclusivamente en energías renovables, para lo que habrá que instalar entre 145 y 200 GW. Un 10% del mismo, por razones de seguridad del sistema eléctrico y dada la alta variabilidad y difícil predictibilidad de estas energías, deberá actuar como generación de respaldo basada en gas natural (en ciclos combinados o en turbinas de ciclo abierto) por ser, de las energías fósiles, la que conlleva menos emisiones de CO2 en su combustión.

Además, se deberá alcanzar un nivel de electrificación entre el 35 y el 39% sobre el consumo total de energía final para lo cual hay que conseguir que la penetración del vehículo eléctrico entre los turismos llegue a una cuota entre el 7 y el 10% del parque. En este sentido, el vehículo híbrido podría hacer de puente hacia el vehículo 100% eléctrico, pues para alcanzar las cifras de emisiones necesarias en 2050 casi el 100% de los turismos privados deberá ser eléctrico. También durante el período transitorio, hacia el año 2030, entre un 20 y un 25% del transporte pesado por carretera deberá realizarse por ferrocarril eléctrico, hasta alcanzar que el cambio modal en el año 2050 suponga entre el 40 y el 60% del transporte pesado.

No obstante, el gas natural deberá jugar un papel relevante en el transporte pesado por carretera durante el período de transición y, asimismo, habrá un aumento considerable del consumo de gas en los sectores residencial, servicios e industrial.

Naturalmente, este necesario incremento de la electrificación y la mayor presencia de energías renovables traerán consigo una reducción sustancial del coste de la electricidad ya que al ser el sector eléctrico un sector fundamentalmente de coste fijo, la mayor penetración de la electricidad hará diluir de manera considerable dichos costes consiguiendo reducciones importantes de los precios de la misma.

Las energías renovables, si bien de momento tienen unos costes fijos elevados, sus costes variables son casi nulos pues el recurso primario que utilizan (viento o sol) es abundante y sin limitaciones

Además, las energías renovables, si bien de momento tienen unos costes fijos elevados, sus costes variables son casi nulos pues el recurso primario que utilizan (viento o sol) es abundante y sin limitaciones. Con esos costes variables casi nulos la casación en el mercado mayorista se conseguirá a un precio cada vez menor (por haber desplazado la energía procedente de plantas convencionales con mayores costes variables). Es decir, las energías renovables inducen una depresión del precio en el mercado de electricidad. Este impacto conducirá, a medida que se avance hacia un sector plenamente descarbonizado, a una tendencia decreciente de los precios medios del mercado mayorista de energía eléctrica incrementando la falta de ingresos para recuperar las inversiones y por tanto haciendo que la inversión se resienta pudiendo poner en riesgo la seguridad de suministro.

Tal efecto sobre los precios medios del mercado mayorista puede ser frenado pero no evitado con un perfil de precios del CO2 más elevado. Los precios en las horas en que los costes variables de las tecnologías con combustible fósil (gas o carbón) fijan el precio en el mercado, serán más altos, pero el número de horas en que esto ocurre se reducirá progresivamente. El “gap” entre precios medios en el mercado mayorista de energía eléctrica y el coste medio de un nuevo potencial entrante, que ya es muy significativo en todos los mercados mayoristas europeos, seguirá en continuo aumento con el proceso de descarbonización del sistema eléctrico.

Este gap deberá compensarse con una cuantía creciente de los “pagos por capacidad” y los “complementos retributivos” a las energías renovables. Estos pagos adicionales de carácter regulatorio se deberán instrumentar para asegurar la recuperación de las inversiones de forma que no se vea comprometida la seguridad de suministro por falta de inversiones en generación.