A Paco le encantan los pájaros; salir al campo con unos prismáticos y observar el majestuoso vuelo de las rapaces, o escuchar los armoniosos cantos de un ruiseñor, posado coqueto en alguna rama del frondoso bosque, es su mayor pasatiempo. Para él, los aerogeneradores son unos asesinos que matan miles de aves, tras chocar contra sus gigantescas palas. Para él, que una cuerda montañosa se llene, según sus palabras, “de colosales ventiladores”, es una pésima noticia; a sus ojos, las aspas giratorias son afiladas chuchillas que forman una barrera insalvable.

Hace unos días, charlando con él, con honda pesadumbre me comentó que había leído que también la energía solar mataba muchísimas aves. Según el periódico, en EE UU había una planta “de esas que reflejan los rayos del sol en una torre”, que carbonizaba un pájaro cada dos minutos. “Se ve que los destellos les atraen y los animalitos estallan en llamas mientras vuelan, alcanzados por los rayos concentrados”.

Me extrañó mucho su afirmación, porque era la primera vez que oía algo así. España es líder en la tecnología a la que él aludía, la solar termoeléctrica, y nunca ha habido ninguna noticia al respecto. Pero como cierto sentido tenían sus palabras, he estado indagando sobre el asunto.

Y resulta que sí, que ese problema existe. Concretamente, hay una planta termosolar en EE UU en la que se han encontrado muchas carcasas de pájaros muertos, caídos tras haberse quemado las alas al atravesar la central. No fue difícil dar con el sensacional titular del pájaro cada dos minutos. Algo más complicado fue encontrar la versión de la empresa, que los reduce a menos de 300 al año.

Rebuscando por el ciberespacio, resulta que la Agencia oficial norteamericana encargada de la protección de la fauna salvaje indica que es muy posible que en esa planta en particular haya un problema, porque los restos de pájaros muertos son muy superiores a los que se hallan en otras centrales similares. Debe de ocurrir como en algunos parques eólicos mal ubicados –cerca de vertederos a los que acuden las aves para alimentarse o en plena ruta migratoria–, que también registran unos índices de mortalidad aviar más elevados que en los demás.

 

El carbón, el que más aves mata

Sin embargo, para poner las cosas en su sitio, hay que relacionar los pájaros que matan esas renovables con las que matan las energías convencionales. Y resulta que, aunque los pájaros muertos por la combustión del carbón o el gas para producir electricidad no sea algo que salte a los medios de comunicación con tanta frecuencia como en el caso de la eólica, su impacto es muy superior.

News & World Report, un medio de comunicación norteamericano, se ha preocupado de recopilar los datos de muerte aviar provocados por las distintas fuentes de energía en EE UU y el resultado es de lo más esclarecedor.

Resulta que el carbón, incluyendo la actividad minera y las emisiones de CO2 y otros gases contaminantes –muy, muy contaminantes, como los óxidos de azufre– es el mayor asesino, con casi ocho millones de muertes anuales. A mucha distancia, pero en el segundo puesto de ese deshonroso podio, están el gas y el petróleo, con un millón de muertes anuales.

El tercer puesto se lo reparten la energía nuclear, con 330.000, y la eólica, que de acuerdo con las estimaciones, oscila entre los 140.000 y los 328.000. La solar, sin distinguir entre tecnologías, oscila entre los 1.000 y los 28.000 al año, incluyéndose en ese cómputo tanto la incineración en vuelo como el choque contra las instalaciones.

Datos racionales frente a emotivas impresiones

Le conté a Paco el resultado de mi somera investigación y me miró con cara de sorpresa. Esos fríos datos, racionales, contrastaban poderosamente con sus emotivas impresiones. Después bajó los ojos, se agarró la correa con ambas manos y me replicó que seguro que sería posible encontrar datos diferentes. Le dije que sí, que obviamente, pero que en los números que había encontrado tampoco se incluían, por ejemplo, el resultado de los vertidos accidentales de crudo.

Entonces alzó los ojos de nuevo, esta vez con un brillo de furia, y dijo: “Sí, ¿quién no recuerda los pájaros llenos de chapapote de Galicia?”. En ese momento llegaron otros amigos y la conversación cambió de tercio.

No le he vuelto a ver desde que hablamos, pero ayer mismo tenía un mensaje suyo en el que me decía que ahora le gustaban más los molinos.