La prensa está llena de titulares sobre la bajada de los precios del petróleo. Desde el mes de julio se ha reducido a la mitad, situándose en el entorno de los 50 dólares por barril, y concluyendo un período de cuatro años con el crudo situado ligeramente por encima de los 100 dólares. El abaratamiento, según los cálculos del Banco Mundial, será muy positivo para la economía: una bajada del precio del 30% aporta un incremento del 0,5% al PIB global en el medio plazo.

En el caso de los países importadores, el impulso económico será aún más alto; el organismo financiero internacional indica que sus economías ganan ese mismo 0,5% del PIB…, pero cada vez que el barril se reduce un 10%. En Europa hay alguna sombra, por la vinculación entre el precio del barril, el dólar, los mercados financieros, las materias primas y la baja inflación, pero el balance, en general, es positivo. Las estimaciones de ahorro para España oscilan entre los 15.000 y los 27.000 millones de euros sólo este 2015.

Esa es la experiencia extraída en las anteriores bajadas acusadas del petróleo. En las últimas tres décadas ha habido cinco episodios en los que el precio se ha reducido un 30% o más en seis meses: 1985, cuando la OPEP incrementó la producción en respuesta a la irrupción de las plataformas marinas, como las del Mar del Norte; las crisis en EE UU de 1990 y 2001; la crisis asiática de 1997, y la Gran Recesión iniciada en 2007.

En esta ocasión hay paralelismo con 1985, porque tanto entonces como ahora el papel de la OPEP ha sido determinante, al no recortar la producción para que la bajada del precio frene el negocio de la competencia. Aquel precedente derivó en una situación de precios bajos durante 15 años.

Sin embargo, hay una gran diferencia entre entonces y ahora: ahora el petróleo no está barato. Aunque Arabia Saudí haya afirmado que no piensa recortar la producción aunque el crudo llegue a los 20 dólares –eso sí sería barato–, todos los analistas coinciden en que es muy difícil que baje tanto –el mundo tiene mucha más sed de energía que hace tres décadas– y apuestan porque el precio se mantenga en los 50 ó 60 dólares este año, para subir hasta los 70 u 80 dólares el año que viene y permanecer un tiempo en ese entorno. Así pues, el actual precio moderado es coyuntural y, aunque tarde en subir otra vez hasta los 100 dólares, se situará en un entorno históricamente elevado.

Todos los analistas coinciden en que  el precio se mantentrá en los 50 ó 60 dólares este año, para subir hasta los 70 u 80 dólares el año que viene y permanecer un tiempo en ese entorno

 

Los que pierden con precios más bajos

Sin embargo, todos no ganan con el precio bajo; los países exportadores más dependientes de las ventas de crudo, como Rusia, Nigeria, Argelia o Angola lo van a pasar mal. Venezuela es el que lo tiene peor, porque la pérdida de divisas ayuda al Gobierno chavista en su decidido empeño por llevar el país al abismo: milagro será que el régimen, con la población desabastecida desde hace meses, consiga sobrevivir.

Los países exportadores más dependientes de las ventas de crudo, como Rusia, Nigeria, Argelia o Angola lo van a pasar mal y Venezuela es el que lo tiene peor

Tampoco es bueno para otras fuentes energéticas, porque se merma su competitividad en relación al crudo, pero con muchos matices. Los primeros afectados son los petróleos caros de extraer, como las arenas bituminosas de Canadá –muy contaminantes–, el extraído con fracking en EE UU, los pozos en aguas profundas o los que pensaban abrirse en el Ártico.

De hecho, los ajustes en la industria ya han empezado. Las empresas petroleras –cuyo valor en Bolsa ha perdido hasta un 30%– están cancelando proyectos de explotación de crudos caros equivalentes a una inversión de 900.000 millones –hay quien dice que el 30% de las explotaciones actuales no son rentables por debajo de 100 dólares el barril– y algunas, del segmento del fracking, han empezado a quebrar.

En el resto de las fuentes la cosa no está tan clara, porque no suelen emplearse como sustitutivos directos del petróleo, que es el rey absoluto en el ámbito del transporte, pero que es marginal en el ámbito de la electricidad y en los usos térmicos. Además, resulta determinante la estructura fiscal de cada Estado; en España, sin ir más lejos, casi la mitad el precio final de gasóleos y gasolinas son impuestos.

En relación a los otros dos hidrocarburos, el gas se abaratará, ya que la mayoría de los contratos internacionales están ligados a la cotización del crudo –lo están el 90% de los españoles–, y ello podría reducir algo los precios de la electricidad, siempre en función de los impuestos y de la composición del resto del mix de producción eléctrica. En cuanto al carbón, seguirá, como estaba previsto, siendo la primera fuente de producción de electricidad.

 

Quizá sea positivo para las renovables

Y en cuanto a las renovables, depende, pero podría ser más positivo que negativo. Los biocarburantes, que apenas superan el 1% de cuota en el mercado petrolero, son los peor parados, porque sí son sustitutivos directos del combustible fósil, pero no deberían de sufrir un gran castigo. Excepto en algunos casos muy puntuales, como sucede en Brasil, los biocarburantes no son competitivos sin ayudas públicas, y la inmensa mayoría de las plantas de producción se construyeron hace más de cinco años, cuando el petróleo aún no había escalado a los 100 dólares, confiando su rentabilidad a las subvenciones. Su profunda crisis actual se debe más al exceso de capacidad de la propia industria y a la merma del apoyo público que a las oscilaciones del precio del crudo.

Tampoco será bueno para las renovables térmicas que compiten contra el gasóleo de calefacción y el gas: su buena evolución en los últimos años se ralentizará, pero, una vez más, dependiendo de la estructura fiscal que grave cada mercado.

Y en cuanto a las eléctricas… Pueden verse afectadas durante este año, pero no deberían a medio y largo, porque el precio de 70 u 80 dólares es suficientemente alto como para que sigan resultando atractivas como apuesta energética estratégica, con independencia de sus ventajas ambientales. De otro modo no se entendería el anuncio del Gobernador de California –hecho con el cambio de año–, de aumentar el objetivo de renovables del Estado hasta fijarlo en el 50% de la electricidad en 2030; ni el más reciente de India de incrementar la penetración de las fuentes limpias desde los 2.300 MW actuales hasta los 100.000 MW en 2022.

Recorte a las elevadas subvenciones al fósil

Adicionalmente, la reducción del precio del crudo está dando pie a que varios países disminuyan las elevadas subvenciones que otorgan al combustible fósil, que en algunos casos superan el 10% del PIB, como le ocurre a Irán, Emiratos Árabes Unidos o Argelia. Globalmente, estas subvenciones superan el medio billón de dólares, la mayoría en países en vías de desarrollo.

La reducción del precio del crudo está dando pie a que varios países disminuyan las elevadas subvenciones que otorgan al combustible fósil, que en algunos casos superan el 10% del PIB (medio billón de dólares, la mayoría en países en vías de desarrollo)

Pues bien, India eliminó todo el apoyo al diésel en octubre –y subió el precio del gas–, Indonesia bajó sus ayudas un tercio en noviembre, y otros países se están sumando al carro, como Malaysia y Egipto. La idea es aprovechar el menor precio para que los contribuyentes no noten la eliminación de las ayudas y aumenten los ingresos de las arcas estatales.

En definitiva, si se cumplen las previsiones y el barril oscila entre 70 u 80 dólares durante varios años, desaparecerá la explotación de petróleos caros y se reducirán las subvenciones –los países del G-20 otorgan graciosamente casi 90.000 millones de dólares al año sólo para la exploración de nuevos yacimientos–, pero ello no debería afectar de un modo significativo a las renovables, aunque haya aplicaciones cuya rentabilidad se resienta. A medio y largo plazo, hasta podría ser positivo.