Desde la invención de los contadores de unidades de energía eléctrica (kWh  kilovatio-hora) esta forma de energía se ha facturado respondiendo a la cantidad de unidades que se habían usado, siguiendo el modelo, entonces ya existente, del gas. Desde entonces los usuarios domésticos de electricidad al por menor (no al por mayor), como tú o como yo mismo, hemos tratado los kilovatios-hora como una mercancía. Y los hemos considerado como si todos los kilovatios-hora fueran iguales, uniformes y completamente intercambiables. De hecho, hemos considerado que un kWh es igual al anterior y al siguiente.

Y en cada zona territorial (antes dominada por una sola empresa eléctrica monopolista, y hoy dominada por una sola empresa de distribución de electricidad, y que una tercera se encarga de comercializar, perteneciente ambas, en general a un único grupo oligopólico) se paga un precio único por cada kWh que se ha utilizado, sin tener en cuenta donde se ha generado este kWh (al lado o cientos de km de distancia), ni tener en cuenta la forma como se ha generado (por la combustión de materiales fósiles, por la fisión del uranio, por el desnivel y la velocidad del agua, por la radiación del Sol, por la fuerza del viento, por el calor de la tierra, etc.), sin tener en cuenta la hora del día en que se ha utilizado (por la mañana, al mediodía, por la tarde, al anochecer o la noche, dependiendo de la oferta y de la demanda), sin tener en cuenta si se ha utilizado todo él, o su mayor parte, para dar un servicio o se ha derrochado una gran parte, etc., etc.

En cambio, quien esté dentro de la industria eléctrica (los reguladores, las empresas de generación, transporte, distribución, comercialización, etc.) o quien la siga con detenimiento (por afición o por curiosidad) sabe que cada kWh no es igual, aunque que la mayor parte de los usuarios los utilicen como si fueran iguales. Pero los tiempos en que el kWh puede ser tratado como una mercancía uniforme, en la parte minorista del mercado, están llegando a su fin.

Las preocupaciones en torno al cambio climático y las emisiones de carbono, el aumento del coste de la energía procedente de los combustibles fósiles, los impactos económicos, el deseo de independencia energética y la demanda creciente de energía fiable y limpia, están impulsando el conocimiento de los clientes y usuarios de la electricidad, y hacen caer la cortina que ocultaba a todos los ‘secretos’ mejor guardados del kWh. Y ahora empieza a importar cómo, dónde y cuándo se genera un kilovatio-hora.

A los usuarios les empieza a importar cómo, dónde y cuándo se genera un kilovatio-hora

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La transición energética

La desregulación de los mercados (que permite elegir la empresa comercializadora), los precios del kWh en función del momento en que se usa, o los precios a partir de acuerdos de compra directa a un generador en lugar de comprar el kWh a una comercializadora, la posibilidad de participar en los mercados de la electricidad al por menor y al por mayor, y en los mercados de servicios auxiliares interactivos, el incremento de la generación descentralizada a partir de fuentes renovables (que crea flujos bidireccionales en las redes eléctricas y los contadores), el aumento de la generación ‘in – situ’ y el uso directo de la energía generada (con balance neto o sin él), el alquiler mensual de instalaciones de generación renovable por parte de terceros, etc. Todos estos factores, y algunos otros, están impulsando aún más la transición energética.

A medida que los usuarios van adquiriendo conocimientos, modifican su demanda, y muestran su disposición a pagar un precio variable. Los ‘operadores tradicionales’ que no pueden seguir el ritmo de cambio, pierden cuota de mercado, mientras van surgiendo ‘empresas disruptivas’ que se adaptan a las nuevas tendencias y, por tanto, sacan beneficios. El producto, que una vez había sido una mercancía uniforme, se va convirtiendo en un producto diferenciado y diverso, y está disponible en muchos puntos, a precios diferenciados que los usuarios están dispuestos a pagar, pues los productos encajan con sus valores.

 El kWh, que había sido una mercancía uniforme, se va convirtiendo en un producto diferenciado

La industria eléctrica debe adaptarse

Toda la industria eléctrica debe adaptarse a los cambios. Ya no basta con vender kilovatios-hora uniformes a una tarifa plana por cada kWh que se ha utilizado. Esto era lo habitual cuando el kWh todavía se consideraba una mercancía uniforme. Pero hoy, el mundo de la electricidad ha entrado en una era diferente y a nosotros nos toca vivir en esta nueva era, distinta de la era que dominó el siglo XX. Ahora no podemos ignorar las ventajas y los costes diferenciados de cada kWh. A medida que vamos reconociendo que los kWh están lejos de ser creados iguales y que los sistemas eléctricos evolucionan hacia una mayor transparencia y responsabilidad de los usuarios, la industria eléctrica (reguladores, empresas de generación en el mercado mayorista, empresas distribuidoras y comercializadoras, desarrolladores independientes, . . . .) debe encontrar una manera de suministrar, con un beneficio razonable, electricidad asequible que honre – y valore – la des-mercantilización del kWh.