En España nos sobra gas. Bueno, lo que sobra es infraestructura gasista ya que tenemos una de las mejores del mundo; contando con Canarias, hay siete plantas regasificadoras –devuelven al estado gaseoso el gas licuado que transportan los buques metaneros–, dos soberbios gasoductos con el norte de África y 27.206 MW de potencia en ciclos combinados para producir electricidad. Los que afirman que podríamos ser una de las puertas de entrada del combustible a la UE no se equivocan; sólo hace falta que convenzan a los franceses para que las infraestructuras de conexión con el resto del continente se construyan pronto.

El problema es que esa magnífica red está infrautilizada y la mejor prueba es lo que ocurre con los ciclos combinados: el año pasado operaron al 10% de su capacidad, ocasionando cuantiosas pérdidas a unas empresas propietarias –las eléctricas– que llevan años cargando contra las renovables porque les responsabilizan del fiasco.

Los defensores de las renovables afirman que nadie les mandó construir tanta térmica de gas, puesto que la generación es una actividad liberalizada y que deberían haber tenido más vista antes de embarcarse en unas inversiones que ascienden a más de 13.000 millones de euros y que hoy parecen ruinosas.

Los defensores de las renovables afirman que nadie les mandó construir tanta térmica de gas, puesto que la generación es una actividad liberalizada y que deberían haber tenido más vista antes de embarcarse en unas inversiones que hoy parecen ruinosas

Las eléctricas, acto seguido, responden que la potencia instalada en ciclos combinados es acorde con la prevista en la Planificación energética estatal y que ellas lo han hecho bien, que el exceso se ha producido en la potencia renovable.

Entonces los de las renovables replican que la referida Planificación sólo era obligatoria para las líneas eléctricas de transporte –la alta tensión– e insisten en que las eléctricas, solitas, se han metido en el atolladero. Además recuerdan que, aunque algunas tecnologías verdes hayan superado los objetivos de la Planificación renovable, que sí eran vinculantes, aún estamos muy lejos de cumplir con la meta de 2020 marcada por Bruselas, con lo que hay que instalar más potencia verde.

Y en este punto las eléctricas dicen que ese objetivo –cubrir el 20% de la demanda energética con fuentes verdes– ya se ha cumplido en el caso de la electricidad y que no hay por qué instalar más renovables.

Y, cómo no, los de las renovables aceptan que es cierto que haya una producción limpia acorde con lo estimado para el sector de la electricidad, pero que los otros sectores energéticos, el térmico –calefacciones y aire acondicionado– y el transporte, no cumplen con su cuota. Ambos están lejísimos y sólo con su electrificación podrá alcanzarse el objetivo común del 20%, razón por la que hay que seguir instalando renovables eléctricas. Además, hay un imperativo climático que obliga a eliminar el consumo de combustibles fósiles, como el gas.

Llegados a este punto, o no queda tiempo para seguir enzarzándose en dimes y diretes, o alguna de las dos partes considera que es mejor dedicarse a otros menesteres. El observador, por lo tanto, se queda en ascuas: ¿son responsables las renovables de que los ciclos produzcan menos de lo esperado o no?

 

La mala Planificación

 

Como se habrá apreciado, la Planificación energética estatal es esencial en el debate, porque a ambas partes les permite justificarse y descalificar al contrario. Por lo tanto, hay que acudir a dicha Planificación para dilucidar cuál de las dos partes tiene razón. Lo malo es que la cosa no es tan sencilla, porque una parte importante del problema es la ausencia de una Planificación en condiciones.

Una parte importante del problema es la ausencia de una Planificación en condiciones

Como afirman los defensores de las renovables, la Ley 54/97 del Sector Eléctrico establecía una Planificación obligatoria para las redes de transporte, e indicativa en todo lo demás. Dicha Planificación se publicó en 2002, se revisó en 2005 y abarcaba hasta el año 2011. En 2008 se publicó otra revisión que abarcaba hasta 2016. Y en 2011 se publicó otra Planificación más, meramente indicativa, establecida por la Ley 2/2011, de Economía Sostenible, que mira a 2020.

Este proceso planificador, que comenzó bien, derivó en unos escenarios increíbles, en los que no existía la crisis económica, a pesar de que ya se sufría hondamente en el momento en que aparecieron los dos últimos documentos: la correspondiente a 2008-2016 augura un crecimiento del PIB del 3% anual para todo el período y la que mira a 2020 plantea crecimientos del PIB superiores al 2% todos los ejercicios menos 2011, en que lo deja en el 1,3%. Ni por coincidencia remota se parecen a la realidad.

Haciendo un inciso, merece la pena señalar que REE tiene el encargo de preparar otra Planificación, obligatoria para las redes de transporte e indicativa en lo demás, que abarque hasta 2020. A pesar de que el plazo límite (RD-L 13/2012) para entregar el borrador del documento venció en junio de 2012, aún está en elaboración. Confiemos en que, con el tiempo que se están tomando, hagan algo digno.

Retomando el hilo, otro error del proceso planificador es que no se ha complementado con una prospectiva a más largo plazo, 30 años, algo básico en un sector muy intensivo en capital y con unos activos con una esperanza de vida muy larga. Se llegó a elaborar el estudio correspondiente, pero se guardó en un cajón, porque de los seis escenarios que contemplaba sólo en uno se preveía el cierre del parque nuclear y al Gobierno socialista de la época, a pesar de no haberse atrevido a cerrar Garoña definitivamente, no le gustó.

Otro error del proceso planificador es que no se ha complementado con una prospectiva a más largo plazo, 30 años, algo básico en un sector muy intensivo en capital y con unos activos con una esperanza de vida muy larga

Otro fallo es que también se elaboraron planificaciones específicas para las renovables, en 1999, 2005, 2010 y 2011, ésta con vistas a 2020 y con mandato de la UE –el Plan Nacional de Energías Renovables–, que sí eran vinculantes, y que guardaban relación con el resto del proceso planificador, pero que minusvaloraron el potencial de las energías limpias. Nadie previó que la tecnología evolucionase tan rápidamente como lo ha hecho, sobre todo en la reducción de costes, pero también, como pasa con la eólica, en el volumen de producción eléctrica.

 

Superar las expectativas

 

Podemos considerar que hasta la Planificación de 2005 los números eran coherentes. Ese año había 10.020 MW de ciclos combinados y para 2011 se preveía que esa potencia aumentara hasta la horquilla de 26.000 MW a 30.000 MW, aunque REE tenía solicitudes de conexión por más de 60.000 MW. Como en la actualidad hay 27.206 MW, las eléctricas tienen razón cuando dicen que la potencia existente es acorde con lo previsto; cosa distinta es que estuvieran obligadas a seguir la senda marcada.

Las eléctricas tienen razón cuando dicen que la potencia existente es acorde con lo previsto; cosa distinta es que estuvieran obligadas a seguir la senda marcada

En 2005 las energías limpias estaban en la niñez, si exceptuamos las hidráulicas y la eólica, que ya sumaba 10.028 MW, y para 2011 se esperaban 32.800 MW en el antiguo régimen especial, integrado por la cogeneración y las renovables. Como en la actualidad, tras la moratoria decretada en 2012, estas instalaciones suman 40.170 MW, es cierto que las renovables han superado sus metas. El exceso de potencia instalada lo han registrado la fotovoltaica –diez veces más– y la solar termoeléctrica –cuatro veces más–, pero otras, como la biomasa, están retrasadísimas –la mitad de lo previsto–, de modo que a los excesos hay que contraponer los retrasos y la diferente capacidad de producción de las tecnologías, pequeña en la fotovoltaica y grande en la biomasa.

Además, aunque algunas renovables hayan superado los objetivos, su mayor peso en la cobertura de la demanda no es relevante, o no lo suficiente como para afectar tanto a las horas de operación de los ciclos combinados. La Planificación auguraba que el gas cubriría el 33% de la demanda en 2011 y el 29% en 2016, pero el año pasado se quedó en el 9,6%. Como la fotovoltaica y la solar termoeléctrica juntas no llegan al 5% de cobertura, todavía hay casi un 20% que debería corresponder a los ciclos… y que ha desaparecido.

Culpable: la caída de la demanda eléctrica

Por ahí se dice que la decisión del Gobierno socialista de mantener vivas las centrales térmicas de carbón nacional –desplazadas en el Mercado mayorista por el gas, más barato– es clave para entender lo que ocurre. Probablemente sea cierto, porque en 2010, el Gobierno de Zapatero –inauguraba cada año político en la localidad minera de Rodiezmo– decidió que las térmicas de carbón nacional, que estaban paradas, produjeran a un precio regulado si no conseguían entrar en el Mercado.

Indudablemente, eso, además de encarecer la luz, redujo las posibilidades de producir de los ciclos –el llamado “hueco térmico” del Mercado–, pero no significó un gran cambio sobre lo previsto: el año pasado el carbón se quedó en el 14,6% y la Planificación auguraba que alcanzaría el 15% en 2011 y el 14% en 2016.

Lo que realmente ha influido ha sido la evolución de la demanda eléctrica: la Planificación esperaba un crecimiento anual del 3,9% entre 2005 y 2007, del 2,5% entre 2007 y 2011, y del 3,2% entre 2008 y 2016, basándose en las iluminadas previsiones de crecimiento constante del PIB nacional.

El trozo de queso que correspondía a los ciclos combinados no se lo han comido las renovables, sino los productos financieros tóxicos de Wall Street y nuestra burbuja inmobiliaria particular.

La verdad es que, con la crisis económica, la demanda se ha reducido un 15% desde los 290.334 GWh de 2008 hasta los 246.631 GWh del año pasado. Por consiguiente, el trozo de queso que correspondía a los ciclos combinados no se lo han comido las renovables, sino los productos financieros tóxicos de Wall Street y nuestra burbuja inmobiliaria particular.